El dulce flotar de Consuelo

Recuerdo el día cuando mi abuelita Consuelo se desmayó y la sostuve en mis brazos.

Me preguntó al despertar si acaso la muerte sería como ese dulce flotar hacia el vacío que acababa de experimentar.

“Porque si así es,” me dijo con su inteligente y alegre sonrisa, “ya no le tengo miedo a la muerte.”

A ese dulce vacío voló hace un año mi abuelita.

Ahí estaremos un día, como siempre lo estamos…

Como está la casa de tejas y rayos de sol con humo de leña.

Como está su cuarto con risas de niños y paredes de santos.

Ahí, en ese vacío detrás de las memorias

donde se resuelven vivencias

donde la historia se vuelve viento

donde lo antiguo reverdece entre pájaro y grillo…

Ahí nos espera el consuelo eterno de su vela perpetua.

La quiero por siempre, Abuelita.

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